La
generación literaria de la Postguerra ve en nuestras ciudades cementerios
organizados: “Madrid es una ciudad de
más de millón y medio de cadáveres (según las últimas estadísticas)”,
canta el autor de “Hijos de la ira” (Dámaso, 1945). Esos cuerpos son, en perspectiva
de Unamuno (padre de todas las preguerras), “también de barro”, como las
paredes de cualquier cementerio. Frankl, arrastrándose helado por los campos de
Auschwitz sobrevive y crece contemplando fugaz el rostro amado: “Sólo el amor
nos salva”, exclama. Joseph Moingt SJ afirma la historicidad actual del Cristo
porque tiene una tarea pendiente, inacabada. Esta tarea es la liberación. No es
el optimismo el padre de la esperanza. Hay en esa palabra algo de pura
innovación inesperada, capaz de hacer de nuestras ciudades algo más que los
datos de las últimas estadísticas.
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jueves, 18 de enero de 2018
Esperanza y estadísticas
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lunes, 1 de enero de 2018
Tránsito
Hacia la muerte como tránsito a la luz y la vida de otro modo
apunta Fernando Cordero SS.CC. En “El tren azul”, un pliego de la revista Vida
Nueva de finales de 2017. Subraya
Cordero la connaturalidad de la muerte y el carácter contracultural de quien
pretenda ponerla como asunto del que hablar y ante el que quedarse. No se trata
de que las palabras ocupen todo el espacio, puesto que el silencio es oportuna
compañía cuando hay que “acompañar en el sentimiento”. Acompañar que no es
sustituir. Acompañar que no es distraer o divertir. Parece que hemos recorrido
largo trecho, desde el “ser para la muerte” de los existencialistas de la
postguerra europea –tanta muerte en los caminos- a la ausencia de la muerte en
el pensamiento ligero o a la espiritualización de la misma hasta extremos
irreconocibles. Y de hecho, empezamos a morir al nacer.
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