Nuestras vidas están llenas de diversidad. Como anuncian los clásicos, la filosofía comienza con el asombro. La diversidad provoca asombro, perplejidad, desconcierto. Diferencias culturales, psicológicas, biológicas, étnicas… que se concretan en la vida cotidiana en modos de pensar diversos, diferentes maneras de entender la vida, la misión, la tarea. Las diferentes posiciones políticas reflejan una sociedad que se siente mucho más diversa de lo que las instituciones, normalmente, pueden encausar. Diferencia en los intereses y en los gustos. En ocasiones, esto provoca un efecto comunitarista: el retorno a los míos, a sus valores de siempre, a los lugares sagrados e intocables. La diversidad -que seguirá presente incluso en los contextos más uniformados- puede provocar ruptura, división, alejamiento. En términos morales, egoísmo. En términos teológicos, pecado. Pero esa misma diversidad, integrada (más allá de Babel) es ocasión para el asombro, la admiración, la filosofía.
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miércoles, 19 de junio de 2019
miércoles, 24 de octubre de 2018
Cuatro lecciones de guerra
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Dyson (“El científico…”, 2006) la publicación de “Armagedón” (Max Hastings): un
mosaico sobre el último año de la II Guerra Mundial. Aparece los relatos de
estrategas (una guerra con bajas y logros) y la de combatientes y civiles
(dolor, rabia, pena, muerte, sangre, pérdida). Dos visiones que complementan
qué arrojan cuatro lecciones de la II Guerra Mundial: a) la importancia de
convención de Ginebra para atenuar el dolor de la ignominia; b) el militarismo
de la cultura alemana de la época (que se contagia por toda Europa); c) la
importancia de las relaciones internacionales para equilibrar las decisiones de
dolor; d) la ambigüedad moral de toda guerra, se comenten crímenes aunque sea
por causa justa. Glorificar el liderazgo militar frente al civil y considerar que
todo vale con tal de ganar llevan al mayor conflicto de todos los tiempos.
viernes, 13 de julio de 2018
Misterio y manifiesto
Le da la
razón Buber al Nietzsche que proclama la muerte de Dios. Se trata (“Eclipse de
Dios”) de una afirmación lógica: Kant vincula lo de Dios a un impulso moral
interior. Eso lo expulsa del mundo. Hegel, que intelectualiza la realidad (todo
lo real es ideal), asegura: “Ya no hay nada de misterio en Dios”. Y es que el
idealismo hegeliano propone un Dios que no puede ser el mismo, a la vez
manifiesto y misterioso, que atisba la religión. El Dios manifiesto siempre es
antropomórfico y, a la vez, misterio. Si es solo misterio, no es manifiesto y
no hay experiencia alguna que nos remita a él, si es puramente antropomórfico,
tampoco es manifiesto, sino solo creación nuestra. Nietzsche reconoce así lo
que ha pasado: Dios está liquidado. Pero el tiempo y la cultura mantiene la
pervivencia de un coloquio que no es mero soliloquio. Es misterio, pero se
manifiesta.miércoles, 11 de julio de 2018
Uso y abuso
La militancia laicista es signo visible de cierta izquierda.
Se suprimen los símbolos religiosos de un acto oficial, no es mala cosa. Cada
cual puede ver el valor moral de una promesa sobre la Constitución, pero
evitamos el uso del nombre de Dios en vano. El nombre de Dios ha sufrido usos y
abusos. La gestión de lo político, tal y como vemos que se conquista y defiende
el poder, no permite aventurar mejor suerte para los usos públicos de los
términos teológicos (uso y abuso). Los presidentes de los EE.UU. juran su cargo
sobre la Biblia. En “Eclipse de Dios”, Buber narra una conversación sobre uno
de sus escritos en la que un lector le reprochaba usar el nombre de Dios para
hablar de lo más sublime. Se trata de una palabra que ha sufrido la zozobra de
su uso en la historia. Iguacén, obispo de Tenerife, decía que convertir es cosa
de Dios. Por acá nos queda sólo ser testigos.jueves, 11 de enero de 2018
Voluntad de sentido
En 1942,
Albert Camus publica “El mito de Sísifo”: “Juzgar si la vida vale o no vale la
pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. Escribe
en un mundo que asiste a la sangría de los totalitarismos. La lucha por la
supervivencia parece ser la respuesta que, inmediatamente después de la guerra,
en 1946 da Vicktor Frankl a esta pregunta en “El hombre en busca de sentido”:
“No había tiempo para consideraciones morales o éticas, ni tampoco el deseo de
hacerlas. Un solo pensamiento animaba a los prisioneros: mantenerse con vida”.
Camus piensa que todo intento de sentido está condenado al fracaso.
Precisamente, en esa clarividencia, la de la imposible esperanza está su
victoria: “No hay destino que no se venza con el desprecio”. Frankl sobrevive
al campo de exterminio y al preguntar el porqué, responde: la voluntad de
sentido.miércoles, 10 de enero de 2018
La pregunta
Queremos
comprender nuestra frecuente incapacidad para entendernos. El libro “Para
hablar de la sociedad”, (Howard Becker, 2007) nos muestra las dos preguntas que
nos hacemos ante los modelos con los que leemos la realidad: ¿qué pasó? ¿por
qué pasó? Para las cuestiones morales que se abren con la segunda pregunta,
nuestras respuestas son siempre interpretativas. Pero también es interpretativa
la selección de datos y la conversión en enunciado del mero hecho. ¿Significa eso que es imposible conocer la
verdad? Así se posiciona la postmodernidad. Pero antes de determinar si es o no
posible el acceso a la verdad, quedan muchas cuestiones intermedias: ¿quién
selecciona los hechos? ¿Con qué formación cuenta quien lee el enunciado? Lo
cierto es que no damos la misma respuesta porque ni siquiera nos hacemos la
misma pregunta.
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