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lunes, 20 de mayo de 2019

El Dios en quien no creo


La teología negativa subraya que de Dios sabemos mucho menos de lo que no sabemos. Y esto es así por propia definición: Dios nos supera absolutamente y la distancia entre lo absoluto y nuestra capacidad es infinita. En 1969, Juan Arias publicó “El Dios en quien no creo”. Se trata de todo un esfuerzo por marcar distancias con imágenes populares y eclesiales de Dios que sirven ya para tapar agujeros eludiendo el misterio de la vida, ya como herramienta de justificación y poder para defender intereses poco divinos, demasiado humanos. Escucho a Francesc Roma SJ en “Puntos para orar” (15/05/2019) proponer que, efectivamente, cuando alguien dice “no creo en Dios” la fe debería decirle: “en el Dios en que tú no crees, tampoco creemos”. Pero el desafío es, si no queremos dejar la fe al puro albur del sentimiento -que va y viene muchas veces sin tino ni sentido-, tratar de dar razón del Dios en quien sí creemos. La mirada contemplativa sobre el Cristo, el Jesús de la fe narrado en los textos evangélicos, apunta a acoger el misterio como misterio de luz: el Dios del Padre Nuestro.

martes, 7 de mayo de 2019

Perdón

Relata el evangelista que, en la cruz, a punto de morir, el Cristo pide perdón para quienes lo cuelgan del madero. ¿Es que alguna de estas personas mostró arrepentimiento o solicitó perdón? No. Sin embargo, aquellas palabras resultan coherentes con la vida vivida por el nazareno. En ella, el perdón siempre fue gratis. Como en la historia de aquel Padre que salía a esperar el retorno de quien había deseado su muerte, cobrado la herencia y dilapidado la fortuna. En cuanto vio que llegaba, aunque era evidente que se trataba de un hombre movido por el interés y el deseo de bienestar, le pone un anillo en el dedo y sandalias en los pies. No es un perdón condicionado, aunque sin duda quiera el cambio de quien ha infligido el daño. Como aquella mujer a la que quieren apedrear: “yo tampoco te condeno”, dice el Galileo. Y ella comienza su camino. Primero, el don gratis del perdón. Luego, toda una vida. No es extraño que este hombre comiera con quien no debía e incorpora a un publicano, un tal Mateo, al grupo de su gente.

jueves, 11 de abril de 2019

Ser y pensar


Quizás la metafísica solo es posible si hay verbo ser. Sin la pregunta por el ser, no hay filosofía. La lengua griega es cooperante necesaria para el pensamiento occidental. La teología como reflexión racional sobre la fe necesita no sólo de la historia narrativa de Jesús, el Cristo, sino también de la cultura griega y su filosofía. Sin Platón, no es posible Agustín; sin Aristóteles, no es posible Tomás. Dyson (“El científico rebelde”, 2006) contrapone la conferencia de Feynman (1963) con la de Polkinghorne (1996): el primero aprecia la religión sin la arquitectura de la razón. El segundo aprecia el esfuerzo teológico que adecua la fe al mundo del siglo XX. El primero no necesita indagar en la naturaleza del Cristo para confirmar su impulso libertador. El segundo siente que la razón científica y teológica son la liberación que trae aquel judío marginal.

martes, 22 de enero de 2019

Cristo en Cachemira

¿De qué nos libera el Señor hoy? Quizás, esta otra imagen, Cristo en Cachemira aprendiendo de los grandes maestros orientales, nos proponga una respuesta diferente y más acorde para nuestro mundo que acelera: Cristo nos permite convivir en paz en medio de los conflictos, conservar la calma aunque el mundo entre en catástrofe ecológica, vivir interiormente integrado cuando mi matrimonio fracasa, la empresa se hunde, la enfermedad nos corroe o mueren a nuestras puertas miles de inmigrantes. “La paz les dejo, mi paz les doy” no tendría nada que ver con revertir las situaciones de guerra, de violencia, de injusticia o explotación calamitosa que se dan por toda la superficie de nuestro planeta. Sería una invitación a desacelerar, a no afrontar, a buscar el refugio interior, al fortalecimiento por dentro, sin necesidad de una brújula sobre qué es el bien y qué es el mal. ¿Es este Cristo aquel al que el evangelio proclama como Kyrios y del que los concilios afirman que es el Hijo único del Padre?

domingo, 3 de junio de 2018

Oficio de consolar

En el discurso ignaciano, la experiencia del resucitado se “muestra por sus efectos” y responde al “oficio de consolar” (Loyola, “Ejercicios Espirituales”). Amor es darse a quien se ama y recibir al que se da. Es cosa recíproca y va más allá de la propia subjetividad. Sin embargo, su lugar habitual no es el público escenario, sino la intimidad del hogar. Imagina Loyola un encuentro entre María, la madre, y el Cristo, su hijo. No es un encuentro con fundamento bíblico –ningún evangelista narra tal encuentro entre las experiencias del resucitado-. A juicio de Loyola, es de sentido común y debe darse por supuesto. Llama la atención que ese encuentro tiene lugar en el ámbito de la intimidad de la Casa. Pasamos así de la enajenación de la tumba a la intimidad del hogar. Después, a la vida pública se enviará a quien tenga experiencia del crucificado/resucitado-.

martes, 8 de mayo de 2018

Tú sabes que te amo

“Tú sabes que te amo”, proclama Pedro en el Evangelio Según San Juan. El momento sucede a la terrible desolación del desencuentro, la negación y el rechazo. La cruz sucede a Pedro que dice “no lo conozco”. El mismo jueves, en la pre-pascua, se da la afirmación del amor incondicionado y el amor como tarea: el Cristo arrodillado que lava los pies. El viernes, tras la huida y la negación del grupo de los hombres que le seguían, quedan a distancia las mujeres.  ¿Cómo es posible a la orilla del lago, en lo cotidiano de Galilea, afirmar: “Tú sabes que te amo”? La noche, la barca, la pesca que no llega a pesar de la experticia de las redes que claramente dominan. De hecho, no es Pedro quien reconoce al que desde la orilla introduce la novedad. Queda el discípulo amado (¿cualquiera de los que aman? ¿imposible para quienes no aman?).

lunes, 7 de mayo de 2018

El lugar de la tarea

Ya que el Mar Muerto no permite pescar y que la mayoría de los puertos quedan fuera del alcance de los pescadores autóctonos, el Mar de Galilea, también Tiberiades, es su lugar de brega. En este entorno ponen los Evangelios buena parte de la actividad de Jesús, con centro principal en Cafarnaúm. Simón (que Cristo apodó como Pedro) y sus compañeros se dedicaban a la pesca. El lago es trabajo ordinario. Juan, el último de los escritores canónicos, sitúa en este enclave la experiencia del resucitado. Nos habla, pues, de una experiencia en lo cotidiano. Añade, además, la noche (la oscuridad) y el fracaso en la tarea (“no pescaron nada”), para situarnos en el ambiente del sepulcro y el final, aparentemente inevitable, del movimiento de Jesús. Pero en lo cotidiano del trabajo, se plantea una pregunta (“Simón de Juan, ¿me amas?”) y una tarea: el cuidado.

martes, 1 de mayo de 2018

Docetismo y muerte

La muerte, en nuestro entorno, pasa a segundo plano: en lo virtual, deviene espectáculo, en lo real ni se presenta, ni se muestra. Se la propone como ausencia y, en noviembre, transitamos desde la memoria amable que pone flores en la tumba de quien de algún modo nos acompaña, al disfraz de zombie, de muerto viviente, que hace de los cadáveres una amenaza para quien todavía vive. Retorna cierta tradición herética cristiana que ve en la muerte del nazareno un “como si”. Para el Docetismo todo lo histórico del Cristo es mera apariencia, porque no cabe la comunión de lo divino y lo humano –dada la bajeza de la realidad humana-. Nuestro entorno hoy, no tan creyente, asume un docetismo sin Dios: nuestra muerte se reduce a pura apariencia y toda apariencia puede ser cambiada. Adornamos a nuestros difuntos y, de camino, también nuestros fracasos.

Amor es éxodo

Al proponer la Pascua cristiana, Loyola (“Ejercicios Espirituales, nº 221”) invita a pedir (no está en mi mano, no soy dueño de la experiencia) “para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor”. La alegría es propia, pero es un reconocimiento de Otro y su alegría. No es el gozo que proviene del éxito por el resultado de lo conseguido con los propios esfuerzos.  Esta capacidad de alegrarnos así completa la capacidad idéntica de dolernos con el dolor de quien sufre, sin sustituirle, sin usurpar su lugar; sin poner en mi experiencia o a mi vivencia, en mi ego, por tanto, criterio alguno de valor. El amor refiere así a Otro, a sus penas y también a su alegría. El amor exige así un éxodo del propio ego, su querer, su interés. Nuestra cultura, que realza el valor de lo experiencia en cuanto experimentada, no apunta hacia el amor.

martes, 27 de marzo de 2018

Historia o gnosticismo


Los estudios históricos sobre el movimiento de Jesús son profundos. Impresiona “Un judío marginal”, 1991 de J. Meyer, o la síntesis de Pagola (“Jesús, aproximación histórica”, 2007). Esta última ¿es demasiado optimista? ¿Considera que sabemos lo suficiente del nazareno como para leer de un modo nuevo las narraciones y, por tanto, la fe? Más bien, ahora apuntamos la prioridad del texto: la escritura es previa al sentido y permanecerá después del mismo (Derrida). El acceso al Jesús histórico queda herido por arma de doble filo: ni es realmente posible, ni es realmente significativo para la fe. La teología también lo confirma: es el Espíritu, el que “lo explicará todo”. Ahora bien, ese Cristo de la fe, el de las narraciones, necesita de aquel “que vieron nuestros ojos y nuestras manos tocaron”. De otro modo, la experiencia cristiana es sombra del gnosticismo.

martes, 27 de febrero de 2018

Salvación y mundo

En algunas visiones religiosas, la salvación es el cielo y deserta del mundo. No así en la religiosidad popular: sin finura, ve salvación en curaciones y fortunas en este tiempo nuestro. La teología postconciliar recupera la historicidad del Cristo. Cristo tiene historia y está inmerso en toda historia: la salvación, no puede remitirme a la otra vida. Fukujama, en 1993, ve realizarse la salvación en la continua implantación de la democracia liberal y la economía de mercado. En 1943, en plena guerra, Camus señala: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio” (El mito de Sísifo). Sartre, que no encuentra más respuesta filosófica que el absurdo (El ser y la nada), sin embargo propone un activismo político que ensucia las manos del filósofo. Camus, activista de hecho, no acepta la ingenuidad, son los medios los que justifican el fin.

domingo, 21 de enero de 2018

Cuestión de Temperamento


Insiste Eagleton en que optimismo no es amigo de la esperanza (“Esperanza sin optimismo”, 2015).  Karl Marx no era optimista y, sin embargo, creía que el mundo acabaría por mejorar –en su visión, la mejora es la sociedad comunista, fruto de la lucha y la revolución del proletariado-. El Cristo de los Evangelios canónicos no es optimista, su visión del Reino de Dios convive con los dolores de parto del mundo (visión paulina), donde la violencia y la cruz forman parte del camino. El optimismo social sirve para generar estabilidad política y aumentar el consumo. Por eso, Fukujama, que sí es optimista: entiende que la historia por venir es sólo una ampliación nada novedosa de lo ya conseguido con la caída del muro de Berlín: la expansión tranquila de la democracia y la economía de mercado. “Es cuestión de temperamento, no de realidad”, concluye Eagleton.

jueves, 18 de enero de 2018

Esperanza y estadísticas

La generación literaria de la Postguerra ve en nuestras ciudades cementerios organizados: “Madrid es una ciudad de  más de millón y medio de cadáveres (según las últimas estadísticas)”, canta el autor de “Hijos de la ira” (Dámaso, 1945). Esos cuerpos son, en perspectiva de Unamuno (padre de todas las preguerras), “también de barro”, como las paredes de cualquier cementerio. Frankl, arrastrándose helado por los campos de Auschwitz sobrevive y crece contemplando fugaz el rostro amado: “Sólo el amor nos salva”, exclama. Joseph Moingt SJ afirma la historicidad actual del Cristo porque tiene una tarea pendiente, inacabada. Esta tarea es la liberación. No es el optimismo el padre de la esperanza. Hay en esa palabra algo de pura innovación inesperada, capaz de hacer de nuestras ciudades algo más que los datos de las últimas estadísticas.

miércoles, 17 de enero de 2018

Una tarea pendiente

Quizás se puede decir muy sintéticamente que lo que Moingt SJ plantea es que la historia del Cristo tiene futuro porque todavía tiene un trabajo que hacer en esta historia. Un trabajo que ya se hace en plural. En ese ámbito de fe, Cristo sigue trabajando en lo que hace la comunidad creyente y también en lo que el Espíritu hace dentro y fuera de esa comunidad. Creer es, en realidad, hacer: participar en la actividad liberadora del Cristo. Y esa es la esperanza: “Que pueda darse a la historia un porvenir absolutamente nuevo”. Lejos de Sísifo que repite su historia. Lejos de la pura dialéctica que llama nuevo al resultado del choque entre lo que ya hay. Eso que se llama en términos cristianos Reino de Dios no se construye sobre la ruina de las esperanzas humanas, sino que se añade como don (como gracia). Ernst Bloch lo llamará “principio esperanza”. 

martes, 16 de enero de 2018

De vuelta a la liberación

J. Moingt SJ, que trata de dar razón de su fe, hace arqueología de los textos sagrados. Anuncia: “Todo comenzó con un rumor: Él volverá”. Nos preguntamos: ¿Por qué nos es pertinente ese retorno para quienes somos del tercer milenio? En “El hombre que venía de Dios” (1994), Moingt responde: ha de volver porque tiene una tarea inacabada: nuestra historia, nuestra humanidad. El también francés, De Chardin SJ, lo hace cosmológico: el que volverá más bien nos atrae hacia Él, es el “omega” y lo es porque de Él provenimos. Es también el “alfa”. ¿Qué hace de este esquema algo más que una autovía entre la cuna y la tumba? Moingt entiende que en él está nuestra liberación, nuestra salvación. Debemos, pues, preguntarnos si las personas del siglo XXI necesitamos alguna salvación. Solo después preguntaremos cómo el Cristo puede ser liberación.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Adios al gran relato

El anuncio del final de los grandes relatos en “La condición postmoderna” (1979) de Lyotard  propone la instalación en los pequeños relatos, fragmentados, en el cada día. Si Hegel lee la historia convencido de que en ella se realiza el Espíritu, si Marx la ve como  un camino inexorable hacia la sociedad comunista, si Teilhard de Chardin la entiende como una línea cósmico entre el Alfa y el Omega (Cristo)… Ahora sería sólo una narración propia para cada momento, provisional, efímera, en cada lugar, sin universalismos ni dirección. Lo cierto es que está de moda la Historia. En ella buscamos explicaciones y consuelos para nuestra actuaciones o ejemplos y modelos con los que interpretar nuestro presente.  “Se dice que el fundador de China, el emperador Qin, destruyó todos los documentos anteriores (…) y escribió su propia historia” (MacMillan, 2009).

miércoles, 13 de diciembre de 2017

No el mucho saber

En el “Diccionario de Espiritualidad” (2007), Adolfo Chércoles propone la voz “Conocimiento interno”. Se trata de un concepto que aparece en los Ejercicios Espirituales de Loyola con algunas características. Para empezar, es el resultado de una petición (reconoce los límites) pero encomienda una tarea (contemplar, repetir, pasar los sentidos). La tarea se encamina a superar la curiosidad inicial para internalizar el conocimiento hasta hacerlo verdaderamente disponible. De este modo, el conocimiento interno no es un sentimiento, pero tampoco una pura construcción intelectual. Apunta a la estructura de la propia sensibilidad –en espiritualidad cristiana, al seguimiento del modo de conocer del Cristo-. Se sintetiza en aquella frase de Loyola: “No el mucho saber harta y satisface el ánima, sino el sentir y gustar de las cosas internamente”.