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domingo, 12 de mayo de 2019

El tiempo y la muerte de Dios

Subraya Byung-Chul Han (“El aroma del tiempo”, 2009) que, con la muerte de Dios, Nietzsche vacía de consistencia el tiempo, por más que trate de recuperarla con su eterno retorno de siempre lo mismo. Ese vaciamiento se vive hoy con la apariencia de la aceleración: todo se fuga, sin un destino, sin meta ni heredero (por más que el propio Nietzsche alude a ambos conceptos en su intento de dar consistencia a nuestro camino hacia la muerte). El existencialismo propuso la vida como una auto construcción libre: una meta y un heredero. Los estructuralismos muestran la impertinencia de la diacronía, que se resuelve en un no tiempo (sincronía) puesto que el determinismo lo ordena todo. Hoy, la vivencia, fugaz y sin historia, sustituye a la experiencia, que necesita tiempo. Así afecta a la verdad: queda reducida a lo vivenciado en cada momento, prácticamente independiente de lo realmente experimentado en el tiempo que dura. Quevedo mira al final de sus días con una poderosa carga nihilista. Sin embargo, acaba proponiendo que aquel polvo en el que se resuelve su vida, es polvo enamorado, y aquella ceniza tiene sentido.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Parálisis (2)

Que el miedo a cometer errores es un sentimiento muy paralizante aparece en las afirmaciones de Dyson (que comenta la experiencia de los viajeros del Mayflower) como en la invitación de Arrupe SJ para que la Compañía de Jesús asuma los cambios arriesgados que pide el camino del Concilio Vaticano II.  Sin embargo, Dyson observa que muchas veces los grandes proyectos avanzan. Lo explica desde las cualidades humanas: “…resistencia, valentía, generosidad, sentido común, previsión y buen humor”. Loyola lo formularía de otra manera: “No el mucho saber (…) sino el sentir y gustar de las cosas internamente”. Afirma por un lado que “en tiempo de desolación no se debe hacer mudanza”, pero a continuación señala que hay que “mudarse intensamente contra la desolación”: de ningún modo la parálisis.

domingo, 12 de agosto de 2018

Renacimiento y wahhabismo

En buena medida, se puede decir que el Renacimiento nace del “retorno a las fuentes”, y es por eso que tiene todo el sentido el nombre de la nueva época: se trata de renacer, de hacer nacer lo que antes ya había estado. Armstrong nos muestra que entre 1703 y 1792 vive, en Arabia, Muhammad Ibn Abd al-Wahhab, que rechaza todas las enseñanzas medievales y propone un retorno a las fuentes: quiere crear una comunidad que engancha directamente con la experiencia fundante del Islam en el siglo VII. Además, para imponerlo, se opone a los sultanes otomanos que gobiernan con la Sharía desde Constantinopla. También recurre a la violencia con el pueblo con métodos agresivos y discriminatorios. ¿Qué hace del retorno a las fuentes de los renacentistas un progreso y el de los wahhabistas una premonición de todos los fundamentalismos?

domingo, 17 de junio de 2018

Educación y angustia

La educación experiencial dice que aprendemos por lo que la experiencia nos muestra. Quien enseña, en realidad, acompaña el proceso de encuentro con la realidad. Al encuentro llamamos experiencia. Para la pedagogía libertadora (Freire) el encuentro acompañado es “toma de conciencia”. Kierkegaard atribuye un valor determinante en el éxito del encuentro educador a la angustia y a la fe.  Se trata de una angustia del propio ser, de la propia posibilidad de llegar a ser. La realidad aparece como el lugar donde desplegar la posibilidad. La angustia se genera al contemplar esa posibilidad. La angustia no se genera ante el límite que aporta el dato de realidad, sino ante la posibilidad a la que abre ese dato. Por eso, Kierkegaard no se arroja a la nausea (Sartre condenado a la libertad), sino a la fe: la posibilidad de elegir bien para afirmarme, para ser.

domingo, 3 de junio de 2018

Oficio de consolar

En el discurso ignaciano, la experiencia del resucitado se “muestra por sus efectos” y responde al “oficio de consolar” (Loyola, “Ejercicios Espirituales”). Amor es darse a quien se ama y recibir al que se da. Es cosa recíproca y va más allá de la propia subjetividad. Sin embargo, su lugar habitual no es el público escenario, sino la intimidad del hogar. Imagina Loyola un encuentro entre María, la madre, y el Cristo, su hijo. No es un encuentro con fundamento bíblico –ningún evangelista narra tal encuentro entre las experiencias del resucitado-. A juicio de Loyola, es de sentido común y debe darse por supuesto. Llama la atención que ese encuentro tiene lugar en el ámbito de la intimidad de la Casa. Pasamos así de la enajenación de la tumba a la intimidad del hogar. Después, a la vida pública se enviará a quien tenga experiencia del crucificado/resucitado-.

martes, 1 de mayo de 2018

Amor es éxodo

Al proponer la Pascua cristiana, Loyola (“Ejercicios Espirituales, nº 221”) invita a pedir (no está en mi mano, no soy dueño de la experiencia) “para me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor”. La alegría es propia, pero es un reconocimiento de Otro y su alegría. No es el gozo que proviene del éxito por el resultado de lo conseguido con los propios esfuerzos.  Esta capacidad de alegrarnos así completa la capacidad idéntica de dolernos con el dolor de quien sufre, sin sustituirle, sin usurpar su lugar; sin poner en mi experiencia o a mi vivencia, en mi ego, por tanto, criterio alguno de valor. El amor refiere así a Otro, a sus penas y también a su alegría. El amor exige así un éxodo del propio ego, su querer, su interés. Nuestra cultura, que realza el valor de lo experiencia en cuanto experimentada, no apunta hacia el amor.

jueves, 19 de abril de 2018

Natura y cultura

Para Aquino, aunque podamos equivocarnos en la percepción de la realidad o en el juicio que elaboramos sobre ella, “el hombre” (al modo de “lo humano”) no es una mera construcción cultural ajena a nuestra experiencia. Pero tampoco es una realidad en sí, independiente de nuestra cultura. La naturaleza creada, en términos teológicos, no es una mera elaboración cultural al margen de la experiencia; ni su concepto es una realidad ajena a nuestra cultura. ¿Merece buscar qué hay de experiencia de lo real en un concepto que se elabora siempre en la cultura dada? ¿Merece indagar qué hay de real en conceptos tan claramente culturales como  violencia, amor, hambre, velocidad, enfermedad o espiritualidad? Claro que sí. Pero sabiendo que es una respuesta siempre marcada por esa maravilla que es nuestra capacidad de vivir en la cultura.

miércoles, 28 de febrero de 2018

De otro modo que ser

Acaba Levinas rompiendo con el modo previo de hacer filosofía. No pretende ser una alternativa original dentro de la pretensión de conceptualizar la experiencia. Ni quiere hacer una nueva y única metafísica del ser. No insinúa que hay otro modo de comprender el ser. Más bien busca un modo que difiere del ser. ¿Quizá un “haber”? Es por eso que su decir se vuelve extremadamente exigente para el lector, porque no quiere decir el ser ni conceptualizar el ser ni proponer otro modo de ser. Por eso emprende caminos inéditos para el lenguaje filosófico y quisiera afrontar lo que hay que es irreductible al concepto. Apunta Levinas a los límites de nuestro conocer (ese que quiere comprender lo real). Es como el niño de la playa de Hipona al sabio Agustín: “Es más fácil meter el agua del mar en este agujero”… que conceptualizar lo que hay.

lunes, 29 de enero de 2018

Crítica a la postmodernidad

Los textos postmodernos son brillantes. Con autores de origen diverso (la teología o las ciencias físicas), en ocasiones esos textos carecen de rigor y alientan el relativismo epistemológico. Para filósofos de la metafísica –que algo podemos decir sobre lo que es de suyo real- y para científicos que elaboran sus teorías desde la experiencia y la formalización matemática, los escritos de la postmodernidad parecen pasar superficialmente y a gran velocidad por lo que se ha elaborado con mucho esfuerzo y rigor. Sokal y Bricmont (“Imposturas intelectuales”, 1997) dicen que es necesario un diálogo “basado en nociones de lo real”. Lo formulan así: “Hemos defendido la idea de que existe algo que llamamos datos fehacientes y que los hechos cuentan”. ¡Qué contraste con el “Adios a la Verdad” de Battimo! ¡Qué cerca de MacMillan, en su “Usos y abusos de la historia”! (2009).

lunes, 15 de enero de 2018

Conocimiento tomista

Para Tomás de Aquino el conocimiento es de la esencia de las cosas, no tanto de lo que cada cosa muestra. La imagen de cada cosa concreta se aprehende, pero si la conocemos es porque captamos su esencia, es el proceso por el que reconocemos la esencia a lo que llama conocimiento.  Así, la existencia –lo que cada cosa muestra- es posterior a la esencia de la cosa. Los existencialismos dan la vuelta a esta visión. En realidad, nuestro existir concreto precede a cualquier esencia de lo que somos. El hombre, masculino, no es una esencia que concreta en una existencia. Es una generalización a partir de la experiencia factual de un modo concreto de existir.  El estructuralismo le da otra vuelta: en realidad cada cosa concreta y su existir fáctico es el resultado de las relaciones estructurales y rígidas que se dan en nuestro mundo. ¿Volvemos a Tomás?

lunes, 8 de enero de 2018

Inteligir sentiente

Para Berger y Luckmann, realidad es construcción social (1966). H. Becker (Para hablar de la sociedad, 2007), tras cuarenta años, dice que todo hecho está sostenido por una teoría aceptada por una comunidad concreta para la que tiene significado. Así, un hecho es interpretación (Becker distingue entre interpretación y hecho; cuestión de nivel). Queda Zubiri como Quijote: La realidad sigue siendo tan tenaz que cuestiona toda comunidad de sentido y obliga a buscar una nueva relación entre el inteligir y lo que da de sí, lo real. Berger (Rumor de ángeles) ve que es posible un logos a partir de lo real que no se distancie hasta la ruptura con la realidad. La experiencia cotidiana indica que sobrevivimos en una realidad agresiva por un inteligir sentiente, no fantasiosa ficción, por un sentir inteligente, una interpretación correcta de lo que de suyo, de lo real.