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miércoles, 5 de junio de 2019

Buena educación

Para empezar, el discurso de Enkvist (“La buena y la mala educación”, 2011) tiene un propósito: subrayar que la educación exige esfuerzo por parte de todas las personas implicadas, sobre todo por parte del alumnado. De este modo, quiere combatir lo que denomina “nueva pedagogía”. A su juicio, provoca el declive de muchos de los sistemas educativos occidentales: aquel que promueve una “educación divertida”. Observa que ese modelo (que a su juicio fracasa) prefiere el juego y el trabajo en grupo que, pretendidamente, señalan el camino para aprender a aprender. Advierte que ese modo de hacer irresponsabiliza a los agentes educativos: ni el alumnado, ni el profesorado, ni la administración se sienten señalados por la pobreza de los resultados educativos: peor nivel competencial y peor capacidad de convivencia. Aunque, claro está, la capacidad de buena inversión mejora el sistema educativo, Enkvist asegura que no toda inversión mayor es mejor inversión. Importa mucho en qué modelo educativo se invierte.

domingo, 17 de junio de 2018

Educación y angustia

La educación experiencial dice que aprendemos por lo que la experiencia nos muestra. Quien enseña, en realidad, acompaña el proceso de encuentro con la realidad. Al encuentro llamamos experiencia. Para la pedagogía libertadora (Freire) el encuentro acompañado es “toma de conciencia”. Kierkegaard atribuye un valor determinante en el éxito del encuentro educador a la angustia y a la fe.  Se trata de una angustia del propio ser, de la propia posibilidad de llegar a ser. La realidad aparece como el lugar donde desplegar la posibilidad. La angustia se genera al contemplar esa posibilidad. La angustia no se genera ante el límite que aporta el dato de realidad, sino ante la posibilidad a la que abre ese dato. Por eso, Kierkegaard no se arroja a la nausea (Sartre condenado a la libertad), sino a la fe: la posibilidad de elegir bien para afirmarme, para ser.