El muro que nos impide ver la realidad empieza dentro, allí donde mi yo adquiere su alimento y dimensión. Es decir, nos empequeñecemos al hacer crecer nuestra soberbia. Si nos creemos grandes, no apostaremos por subir a la higuera en la que Zaqueo descubre una realidad diferente. Las cosas nos llegan siempre con muros y distorsiones. Muros que nos superan porque, en realidad, somos bajitos. Ahí afuera, más allá de mi ego, me espera la realidad. Sin embargo, es una realidad distorsionada. En primer lugar, por mi entorno íntimo, que enfoca mi mirada desde una tradición. La historia irá sumando juicios, valoraciones, perspectivas. Dice Bruckner (“La tentación de la inocencia”, 1995) que “comparecemos” en cuanto somos realidad social -en cuanto nacemos-. El muro se construye también del entorno más amplio, casi global, de la cultura mediática y depredadora dominante. Todo fluye, todo es ligero, nada es sólido… Y esa fluidez quita visibilidad a las diferencias y a los sólidos. La interioridad puede, ahí, ser la higuera a la que subir para ver más allá del muro. Pero debe ser una interioridad humilde, que no se construya de puro ego.
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martes, 14 de mayo de 2019
Interioridad e higuera
El muro que nos impide ver la realidad empieza dentro, allí donde mi yo adquiere su alimento y dimensión. Es decir, nos empequeñecemos al hacer crecer nuestra soberbia. Si nos creemos grandes, no apostaremos por subir a la higuera en la que Zaqueo descubre una realidad diferente. Las cosas nos llegan siempre con muros y distorsiones. Muros que nos superan porque, en realidad, somos bajitos. Ahí afuera, más allá de mi ego, me espera la realidad. Sin embargo, es una realidad distorsionada. En primer lugar, por mi entorno íntimo, que enfoca mi mirada desde una tradición. La historia irá sumando juicios, valoraciones, perspectivas. Dice Bruckner (“La tentación de la inocencia”, 1995) que “comparecemos” en cuanto somos realidad social -en cuanto nacemos-. El muro se construye también del entorno más amplio, casi global, de la cultura mediática y depredadora dominante. Todo fluye, todo es ligero, nada es sólido… Y esa fluidez quita visibilidad a las diferencias y a los sólidos. La interioridad puede, ahí, ser la higuera a la que subir para ver más allá del muro. Pero debe ser una interioridad humilde, que no se construya de puro ego.martes, 1 de mayo de 2018
Amor es éxodo
Al proponer la Pascua cristiana, Loyola (“Ejercicios Espirituales, nº
221”) invita a pedir (no está en mi mano, no soy dueño de la experiencia) “para
me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro
Señor”. La alegría es propia, pero es un reconocimiento de Otro y su alegría.
No es el gozo que proviene del éxito por el resultado de lo conseguido con los
propios esfuerzos. Esta capacidad de
alegrarnos así completa la capacidad idéntica de dolernos con el dolor de quien
sufre, sin sustituirle, sin usurpar su lugar; sin poner en mi experiencia o a
mi vivencia, en mi ego, por tanto, criterio alguno de valor. El amor refiere
así a Otro, a sus penas y también a su alegría. El amor exige así un éxodo del
propio ego, su querer, su interés. Nuestra cultura, que realza el valor de lo
experiencia en cuanto experimentada, no apunta hacia el amor.domingo, 29 de abril de 2018
Resistencia a la pura antropología
“No serviré más a un señor que se me puede morir”, se atribuye a Borja
al contemplar el cadáver de la emperatriz Isabel. No es alarde de ego. También
el “yo” muere. Ni espiritualismo, porque tiene una tarea en esta historia.
Apuesta por el Otro. A duras penas, solo una parte de la teología consigue
oponerse al giro copernicano que hace del pensamiento antropología. Kant
formula así: “Qué podemos conocer. Qué debemos hacer. Qué nos cabe esperar. En
resumen, qué es el hombre”. Al observar la entrada en Jerusalén de aquel
nazareno, sobre un pollino –referencia davídica-, podemos imaginar un
cristianismo que no formula su pensar desde la pura antropología. Levinas –de
tradición judía- también lo apunta: pensar es reconocer la otredad. También con
mayúscula: en su diferencia y en su misterio. Ahí solo cabe la responsabilidad.
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