Que la teología vive tiempos de especial indigencia es el punto de partida de la reflexión de Caamaño en Razón y Fe de abril de 2019. Achaca la vulnerabilidad a la debilidad sociológica del sujeto colectivo de la razón teológica y a una cultura ambiental de la superficialidad y el cientismo. Esa que asegura que la ciencia y la tecnología son el principal agente de felicidad. Mantiene, sin embargo, la pertinencia del pensamiento teológico dada la relevancia de su objeto: la cuestión de Dios. Leo en El País, 25 de abril 2019, al autor que sostiene: “Dios no nos creó. Nosotros creamos a Dios”. Parece que Dios sigue vivo, a veces como objeto de discusión, más allá de las notas débiles de las instituciones religiosas. La teología se hace más necesaria cuando retroceden las iglesias y su carga normativa. Es el antídoto frente a todos los fundamentalismos emocionantes. Aunque Dios sea racionalmente inabarcable, si no damos razón de nuestra fe, campea a sus anchas el fantasma del fundamentalismo.
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miércoles, 1 de mayo de 2019
jueves, 23 de agosto de 2018
Fundamentalismo y modernidad
En El País (5-X-2011), al presentar el coloquio sobre el
pensar político de Milosz, se cita a Azar Nafisi: “El fundamentalismo ha
secuestrado a la religión”. Así, la religión no es por sí fundamentalista, ni
el fundamentalismo es por sí religioso. Indaga en los orígenes de la
modernidad, Armstrong, para mostrar la raíz del fundamentalismo: es una
reacción moderna frente a lo moderno. Su primer capítulo, sobre la modernidad
judía, muestra que, aunque anticipan la modernidad, los judíos sufren “la experiencia
dolorosa con la sociedad agresivamente modernizadora de Europa”. La crisis del
judaísmo tradicional los lleva desde el laicismo al pluralismo… y a la
privatización de la fe. Sin embargo, la mayoría judía evolucionó y se mostró
capaz de “dar con nuevas soluciones, algunas de las cuales parecían
escandalosas en la búsqueda de algo nuevo”. ¿No nos refleja?
martes, 30 de enero de 2018
La reivindicación de los hechos
En artículo
en El País, en febrero de 2012, Duch y Chillón anuncian la crisis de la
postmodernidad. Se acercan a Sokal y Bricmont que, más de una década antes, ven
ya signos de debilidad en el entramado del “pensamiento débil”. La
reivindicación epistemológica de los hechos y de su relevancia frente a las
ilusiones subjetivas aparece como punta de lanza contra el relativismo postmoderno.
Para Duch y Chillón, es el momento de recuperar los discursos emancipadores
(desde el cristianismo a la política) capaces de afrontar el capitalismo
hedonista, rey del descarte. Es probable que los primeros efectos de la crisis
de las “subprime” empuje a los autores del artículo de El País a esa
convicción: el final de la distopía postmoderna en que la falta de fundamentos
éticos ha promovido el consumo desbocado e insolidario.
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