Mostrando entradas con la etiqueta Feyerabend. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Feyerabend. Mostrar todas las entradas

miércoles, 29 de mayo de 2019

Inconmensurable

El mundo en el que vivimos es inconmensurable (Feyerabend, “Perdiendo el tiempo”, 1994). Con un tono de anarquismo intelectual creciente, el autor relata su vida y la evolución de su pensamiento mostrando cómo siempre están imbricados. Hay en su relato una voluntad de honestidad que permite reconocer errores cometidos en la pasión por afrontar otros errores (su pasional “Contra el método” contiene presuntas verdades tan insostenibles como aquellas a las que quiere combatir). También reconoce los errores más vinculados a la ligereza de la mirada (como el flirteo con las SS motivado por la prestancia de los uniformados). El relato propicia una valoración un tanto gris de aquello que le hizo brillar: su trabajo intelectual y su verbo afilado para la dialéctica y el combate. Frente a ello, en un capítulo final titulado “desvanecimiento”, Feyerabend deja un deseo como testamento: “Suceda lo que suceda, nuestra pequeña familia puede vivir para siempre: Grazina, yo y el amor. Así es como me gustaría que sucediera: que no sobreviviera lo intelectual, sino el amor”.

lunes, 27 de mayo de 2019

Verdad errática

Le llovieron las críticas a Feyerabend tras su publicación de “Contra el método”. Por un lado, quienes desde el racionalismo leyeron en sus palabras un ataque al conocimiento, la conjetura, las hipótesis y la deducción. Pero también, así lo cuenta en “Perdiendo el tiempo” (1994), hubo quien entendió su libro como un alegato machista, una comedia o un chiste. Feyerabend insiste en dos líneas: que la ciencia se construye muchas veces desde saltos poco racionales y que el control social debe actuar sobre la ciencia como sobre cualquier otra profesión. De ese modo, desmitifica a esta “religión” de la ilustración y la modernidad. Reconoce los muchos beneficios, pero se escandaliza de quienes se empeñan en ignorar sus perjuicios. Y entre ellas señala el poderío imperial de un modo de conocimiento que parece expulsar de la legitimidad a toda otra forma de saber. Sometida al análisis de la pragmática lingüística, la ciencia pasa a ser un discurso opaco y sin sentido. Como le sucede a otros discursos no menos pretenciosos. Pero Feyerabend no guarda silencio. Nunca guarda silencio. ¿Cree que en esos discursos erráticos también habita la verdad?

domingo, 26 de mayo de 2019

El giro de la tierra

Relata un amigo la escena vivida en un parquecito para criaturas. El pequeño rompe a llorar en mitad de los juegos de forma desconsolada. Al preguntar su madre qué le sucede, el nene señala a una compañerita que ha asegurado solemnemente que el Montjuich no es la montaña más alta del mundo. La mamá viene con el oficio de consolar: “Lo que importa es que si para ti es el más alto, no tienes que preocuparte porque ella diga que es otro el monte más alto”. ¡Manual de autoayuda! Sugiere mi amigo. En nota inicial a “Contra el Método”, Feyerabend indica que al libro le falta la segunda parte: la réplica mordaz con la que Imre Lakatos debería haber dado respuesta. Para Feyerabend la ciencia necesita de cierta lógica anarquista, contrainductiva, y, por tanto, el racionalismo, por muy crítico que se presente, supone una fé en la razón similar a la fe religiosa o política. La lectura de Feyerabend es siempre una invitación a cierto posicionamiento ácrata en la lógica del pensar. Si los heliocentristas se hubieran quedado tranquilos ante lo aparentemente obvio, la Tierra seguiría en el centro y el universo entero daría vueltas en torno a ella.

jueves, 23 de mayo de 2019

Perdiendo el tiempo

Cuenta con detalle Feyerabend su participación en el Reich. Lo hace en “Perdiendo el tiempo” (1994). El título parodia su apellido que, significa en alemán, estar de balde. Es consciente de lo lejos que están sus recuerdos del modo en que la sociedad vienesa conmemora la anexión hitleriana tras medio siglo. Con experiencias familiares y escolares muestra que la inmensa mayoría vivió aquel momento como liberación, no como ocupación. Incluye a personas de toda condición y a no pocos militantes de izquierda. Habla de su propia evolución. No entiende muy bien cómo aquel joven que flirteó con la estética de la SS llegó a ser profesor en California. Con reproche observa a los historiadores actuales describir el evento y el personaje, Hitler, lejos de los parámetros con los que se vivió. Señala dos características que unen al joven guerrero nazi con el profesor que escribiera “Contra el método”: la pasión por retomar y extremar todas las opciones y la sensación de juego que aparece en todos sus comportamientos y escritos. Le distancia, sin embargo, la certeza que tiene el profesor adulto de haber sido verdaderamente amado.

martes, 23 de octubre de 2018

La utilidad de la ciencia

Feyerabend elabora un pensar sobre la ciencia como contra-inducción. No se da nada por supuesto y se formulan hipótesis inverosímiles para promover búsquedas que no se harían desde las explicaciones más racionales. En 2006, Dyson publica “El científico rebelde”: la ciencia avanza por rebelión, no por evolución. Se rebela, en ocasiones, contra el estatus social. En otras ocasiones, contra el estamento científico. La rebelión contra el estatus social no abandona la responsabilidad o la ética. Sin la ética, la ciencia ni da de sí todo lo que puede dar (respuestas buenas a problemas humanos) ni se frena ante las tecnologías de la muerte.  Cita a Hardy: “Se dice que una ciencia es útil si su desarrollo tiende a acentuar las desigualdades existentes en la distribución de la riqueza o si promueve una forma más directa la destrucción de la vida humana”. 

martes, 26 de diciembre de 2017

¿Racionalistas y analíticos?

¿Por qué no nos comprendemos? Esa pasa a ser la pregunta que se hace Rorty a partir de 1961. Trata de comprender por qué los filósofos se entienden tan poco unos con otros. Es que tanto los analíticos (Carnap, que no reconoce sentido alguno al lenguaje metafísico) como los racionalistas  (Popper, que cree en la deducción y la refutabilidad de las teorías) tienen un Dios incompatible con el politeísmo de saberes. En su recorrido, magníficamente relatado por Del Castillo (“Rorty y el giro pragmático”, 2015), Rorty aprende con Kühn (las teorías científicas cambian sin motivos científicos) y Feyerabend (más que investigación debemos promover la proliferación de las teorías). Pero en “La filosofía y el espejo de la naturaleza”, Rorty se cruza con Gadamer: la investigación debe ser sustituida por la conversación. ¿El campo de las incertezas?