Leyendo a Loyola y a Pablo Guerrero (“Convertirse es ser atraído”, 2019) vengo (venimos) del trabajo cotidiano (la viña en términos evangélicos). Venimos de un territorio plagado de misión y de tareas. No estamos solos. Codo a codo conmigo, a mi lado, por delante mía, desde arriba, desde atrás, desde abajo, otras personas que hacen, empujan, realizan, lideran, promueven, acogen. La misión siempre es compartida. Venimos, sin embargo, en Babel: desterrados y sin hogar nos sentimos no pocas veces en este pequeño planeta azul pálido en la inmensidad. También venimos de Egipto, sujetos a mil esclavitudes que, en ocasiones, ni siquiera reconocemos como tales: las que impone el sistema, las que tienen forma de pulsiones o miedos interiores, las que nos ponen quienes conviven en nuestro entorno. Pero si estamos aquí es porque también estuvimos en el Tabor y, como aquel Pedro, deseamos poner tiendas junto a la Palabra de la Vida: la que hemos visto, la que tocaron nuestras manos.
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lunes, 10 de junio de 2019
miércoles, 1 de agosto de 2018
Mujer extranjera
Presenta el evangelista Marcos una escena sorprendente:
una mujer, extranjera para más inri, enmienda la plana al Señor del
cristianismo. Él asegura que su misión se circunscribe al pueblo de Israel; ella
llama la atención con una metáfora humilde (perros que comen de lo que cae de
la mesa de sus amos) sobre la necesidad de una atención más amplia. Una de las
señas del cristianismo será su catolicidad, es decir, su universalidad: todos
los pueblos, todas las gentes, todas las razas, hombres y mujeres, ricos y
pobres. La universalidad del cristianismo no proviene de la herencia de los
patriarcas; ya está apuntada en algunas interpretaciones de los profetas; pero
se hace narración en esta mujer sirofenicia que corrige al que Juan
denominará el “Logos”. El feminismo tiene en la teología un arma cargada de
futuro. Ella, extranjera, cambia el relato.
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jueves, 19 de julio de 2018
Cambalache
En la
narrativa del Éxodo, Moisés se resiste. Cuestiona la posibilidad de la misión,
la capacidad personal para la misma y también la autoridad que envía (“¿Y si me
preguntan quién me envía? ¿Qué les diré?). El pensamiento débil retira la
posibilidad de la metafísica y no reconoce entidad a la persona o a las
relaciones entre personas. Nada tiene suelo. Nada vale. Todo vale. Sin embargo,
en el desierto, Moisés se descalza y escucha que se le llama por su nombre. Oye
un relato de liberación y acaba por afrontar la obligación ética de las
relaciones humanas (divinas). El Mediterráneo y sus cadáveres son un ruido más
en el enjambre y una realidad virtual en el mundo de lo pulido. El pensamiento
débil engendra respuestas que identifican al mafioso que se lucra con la
persona que ayuda. En un tango del primer tercio del siglo XX, esto se llamó
cambalache.
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